La estudiante becada recibe una carta sin

remitente, sellada con un sello antiguo y

escrito en un papel amarillo como hueso. La

carta menciona un nombre que no debe

pronunciarse en voz alta: Hombres. El mensaje

dice que su abuela, fallecida hace años, era

parte de un grupo que manipulaba la memoria

colectiva para ocultar un crimen de estado. La

estudiante, hija de un profesor de historia,

decide investigar, aunque sus padres le

advierten que ciertos archivos están prohibidos.

El lugar de la investigación es un edificio

abandonado en el centro de Santiago, donde antes

funcionaba un estudio de fotografía. Las paredes

aún guardan marcas de quemaduras y huellas de

sangre. Al tocar una vieja caja de madera, la

estudiante activa un mecanismo que abre una

habitación oculta. Dentro hay un espejo roto,

cuyos fragmentos reflejan imágenes

distorsionadas de personas muertas. Una regla

implícita se revela: nadie puede mirar al espejo

por más de tres segundos sin perder la cordura.

La estudiante empieza a ver figuras en las

calles, sombras que la siguen y desaparecen al

cruzar la calle. Los vecinos del barrio le

cuentan historias sobre una secta que operaba en

los años 70, usando rituales para borrar

traiciones. Ella descubre que su abuela fue una

de las líderes, y que el crimen que ocultaron

fue el asesinato de un político de izquierda. El

espejo, según los registros antiguos, permitía

ver lo que realmente ocurrió, pero también

atrapaba al observador en el tiempo.

Un día, la estudiante encuentra un diario de su

abuela, escrito en código. Al descifrarlo,

descubre que el espejo no solo muestra el pasado,

sino que puede alterar el presente. Ella

comienza a experimentar momentos donde el mundo

cambia: calles se reordenan, personas

desaparecen, y el tiempo retrocede. Pero cada

cambio tiene un costo: alguien más pierde su

vida en el proceso.

En una noche de luna llena, la estudiante

regresa al edificio. El espejo está intacto,

pero ahora refleja una versión alternativa de

ella misma, con ojos negros y sonrisa fría. La

figura le ofrece un trato: borrar el pasado a

cambio de su alma. Ella rechaza, pero el espejo

se rompe de nuevo. En el instante siguiente, el

edificio colapsa, y la estudiante queda atrapada

bajo los escombros. Cuando es rescatada, el

mundo ha cambiado: la dictadura nunca existió, y

su abuela vive como una simple maestra de

escuela. La estudiante, sin embargo, no recuerda

nada de lo que pasó. Solo siente una profunda

angustia, como si algo dentro de ella se hubiera

perdido para siempre.