El hombre camina sin nombre, con un traje marrón

y una mirada que no se detiene. Sus manos

siempre están cerca del cuchillo, pero nunca lo

saca. En el barrio alto de Santiago, donde los

ricos viven entre muros y los pobres duermen

bajo los puentes, él es solo otro cuerpo en la

sombra.

Un día, le piden proteger a un anciano que habla

de un "Antiguo" — una figura de la memoria

colectiva, un ser que no debería existir. El

guardaespaldas no cree en fantasmas, pero el

anciano le entrega un mapa antiguo, dibujado en

papel amarillento, con símbolos que no reconoce.

La primera regla aparece cuando el anciano muere

de repente, sin razón aparente. La sangre de su

cuerpo forma un patrón en el suelo: un círculo

con un ojo en el centro. El guardaespaldas

recuerda un viejo dicho de su madre: "Nadie

puede ver el Antiguo sin perder algo".

La segunda regla entra en juego cuando busca al

dueño del mapa. En un barrio viejo, entre casas

abandonadas y paredes cubiertas de grafitis,

encuentra a una mujer que dice conocerlo. Ella

le muestra una foto de un hombre igual a él,

pero en una época distinta. El guardaespaldas no

tiene fotos, no tiene pasado. Solo tiene un

nombre que no recuerda.

La búsqueda comienza. Encuentra a un cura que

habla de un pacto entre el gobierno y una fuerza

antigua, firmado durante la dictadura. El

guardaespaldas no entiende, pero siente que su

cuerpo responde a ciertas palabras. Al

pronunciarlas, las paredes se mueven, los

objetos se desplazan. Alguien lo observa desde

la oscuridad.

En un convento en el sur, entre los Andes y el

mar, encuentra un libro que habla de "Identidad

oculta". Dice que algunos nacen con dos vidas:

una pública y otra secreta. El guardaespaldas

lee las páginas y siente un dolor en el pecho.

Su nombre, escrito en el libro, es el mismo que

lleva en el bolsillo: un trozo de papel arrugado

con un número.

La noche antes de enfrentar la verdad, el

guardaespaldas se sienta en un banco del Parque

Forestal. Saca el cuchillo y lo lanza hacia el

cielo. No lo recoge. A su lado, una niña lo mira

con ojos que no pertenecen a este mundo. Le

ofrece un dulce de leche. Él lo acepta.

Al día siguiente, el guardaespaldas se presenta

ante un juez. No hay acusaciones, solo una

pregunta: "¿Quién eres?" Él responde con el

nombre del libro. El juez asiente y le entrega

un documento. Dice que ya no es un

guardaespaldas, sino un testigo.

El país cambia. Los mitos vuelven a la vida,

pero no como antes. El guardaespaldas se queda

en el Parque Forestal, donde los niños juegan y

los adultos olvidan. La esperanza no es un

futuro, sino un hoy que no se pierde.