El 1973, en Santiago, un hombre recibe una orden:
eliminar a un dirigente de izquierda. La
operación sale mal. El cuerpo del objetivo no
está donde debería estar. La sangre es roja,
pero la herida no cura. Los años pasan, y el
mismo hombre recibe la misma orden. La sangre
sigue siendo roja, pero ahora el cuerpo
desaparece antes de caer.
En 1985, el hombre entra en un barrio nuevo,
construido sobre ruinas de un antiguo pueblo.
Allí, un político local pide que lo protejan. El
hombre rechaza la oferta, pero el político
insiste: "Si no vienes, te buscaremos".
La noche
siguiente, el hombre encuentra al político
muerto en su oficina. La sangre es negra, y el
cuerpo no tiene rostro.
En 1990, el hombre se enfrenta a un grupo de
jóvenes que lo persiguen con armas de fuego.
Ellos dicen ser de un partido que no existe. El
hombre dispara, pero sus balas no alcanzan. Un
niño pequeño corre hacia él, gritando: "No te
muevas, no te muevas". El hombre no se mueve. El
niño lo abraza. El niño tiene el mismo rostro
que el político muerto.
La regla es clara: si matas a alguien, su cuerpo
se borra del tiempo. Pero si mueres, tu cuerpo
se vuelve parte del pasado. El hombre no puede
escapar. Cada vez que mata, el mundo cambia.
Cada vez que muere, el mundo se repite.
En 2000, el hombre vive en una casa abandonada
en las afueras de Valparaíso. Una mujer lo
encuentra allí, con un libro de mapuche en las
manos. Ella dice que lo conoce. Él no la
recuerda. Ella dice que el hombre no es real. Él
dice que ella no es real. Ella lo besa. El
hombre no siente nada. La mujer desaparece. El
libro se quema.
El hombre nunca más mata. Nunca más muere. Solo
camina. El mundo sigue cambiando. El pasado
sigue repitiéndose. El hombre sigue sin saber
quién es.


