La oficina del centro de Santiago está vacía.

Solo dos empleados quedan: un músico bohemio y

una mujer que no habla. Él toca guitarra en la

sala de espera, ella revisa papeles sin mirarlos.

El edificio fue abandonado tras una huelga de

trabajadores; ahora es un espacio de silencio y

polvo, donde el tiempo parece detenido.

Un día, ella le entrega un sobre con un nombre

escrito en lápiz. Él lo abre y ve una foto de un

hombre muerto. No sabe quién es, pero siente que

debe encontrarlo. La oficina empieza a cambiar:

puertas se cierran por sí solas, documentos

desaparecen, las luces parpadean en ritmos

extraños. Ella lo observa, como si estuviera

esperando algo.

El músico comienza a buscar al hombre de la foto.

Encontrarlo significa perder su trabajo, pero

también descubrir algo. La oficina se vuelve un

laberinto donde cada paso tiene consecuencias.

Un jefe antiguo aparece en un rincón, diciendo

que el lugar no es real. El músico lo ignora,

pero siente que el edificio lo está usando para

algo.

Una noche, el sistema eléctrico falla. La

oficina queda a oscuras. La mujer lo toma de la

mano y lo guía hacia una habitación oculta. Allí,

en un escritorio roto, hay una carta firmada por

el hombre de la foto. Dice que era un activista

desaparecido durante la dictadura. La mujer lo

abraza y le dice que él era su hermano.

El músico se niega a creerlo. Pero cuando el

edificio comienza a colapsar, él elige salvarla.

La lleva a un pasillo que no existía antes,

donde el aire huele a incienso y humedad. La

oficina se derrumba detrás de ellos. Al salir,

ven que el mundo sigue igual, pero nada es lo

mismo.

La mujer desaparece. El músico sigue tocando en

la calle, pero ya no es el mismo. La oficina

sigue allí, vacía, esperando a alguien más.