El cadáver de un hombre es encontrado en un río
de Valparaíso, cubierto de símbolos de
protección sobrenatural dibujados con tinta de
cera. La policía lo etiqueta como suicidio, pero
los vecinos del barrio recuerdan haber visto al
mismo hombre caminar por las calles días después.
Un periódico local publica una foto del cadáver,
y dos semanas más tarde, un hombre de aspecto
idéntico aparece en un mercado de Santiago,
hablando con un acento regional que no tiene.
Nadie puede recordar cuándo llegó ni cómo.
La médium escéptica, que antes trabajaba como
investigadora forense, comienza a recibir
llamadas anónimas pidiéndole que "limpie"
ciertos espacios. Al principio rechaza, pero un
día acepta una cita en una casa abandonada en
Las Condes. Allí, encuentra un altar con
ofrendas de vino y flores, y un diario con
escritura en mapudungun.
Al tocarlo, siente una presión en la cabeza,
como si alguien intentara tomar su mente. Sale
corriendo, pero al día siguiente, una amiga le
dice que ha estado en un lugar distinto todo el
fin de semana, con un comportamiento extraño.
La médium comienza a seguir pistas: un antiguo
ritual de protección contra la suplantación,
usado por comunidades indígenas para evitar que
fuerzas externas ocupen sus cuerpos. Descubre
que el cadáver original era un activista
desaparecido durante la dictadura, y que el
hombre que lo sustituyó ahora vive en una comuna
de La Florida, usando su nombre y pasado.
Un día, el hombre sustituido aparece en una
iglesia, pidiendo perdón por un crimen que no
cometió. La médium lo sigue, y al llegar,
encuentra al verdadero activista, vivo, pero con
la cara quemada y la voz alterada. El hombre le
dice que fue capturado y torturado, y que algo —
una entidad de la tierra— le robó su cuerpo para
protegerlo.
La médium decide confrontar la entidad, entrando
en un bosque cercano a los Andes, donde los
mapuches dicen que el mundo entre mundos es más
delgado. Lleva consigo una máscara de cerámica,
un objeto antiguo que, según el diario, detiene
la suplantación.
En el bosque, siente una presión constante en su
mente, pero logra resistir. La entidad, que se
manifiesta como una sombra con ojos de fuego, le
revela que el hombre sustituido no es un
impostor, sino un refugio temporal para el
activista. La entidad no quiere dañar a nadie,
solo quiere evitar que el pasado sea borrado.
La médium rompe la máscara, y la entidad se
aleja. El activista regresa a su cuerpo, pero su
cara sigue marcada. El hombre sustituido
desaparece, y nadie recuerda haberlo conocido.
La médium deja de trabajar en casos de muertos,
pero cada noche, al cerrar los ojos, siente que
alguien la observa desde dentro.


