La oficina de registros del Ministerio de
Justicia se llena de humo blanco al amanecer.
Una mujer en traje gris camina entre los
trabajadores, sus manos dentro de los bolsillos.
Lleva un paquete de papel bajo el brazo. El
guardia de seguridad no la reconoce.
Ella entra en el sótano de la sede, donde los
archivos del régimen anterior están custodiados
por una cerradura de código. La llave de acceso
está en el escritorio del director, quien duerme
con la cabeza sobre un montón de papeles. Ella
lo observa un momento, luego toma la llave y
baja a la sala de acero.
En el fondo de un estante, encuentra una caja de
metal con el sello "Memoria reprimida".
La abre.
Dentro hay fotos de personas desaparecidas,
listas de detenidos, documentos falsificados.
Sus dedos rozan un sobre con el nombre de su
padre.
El sistema de seguridad se activa. Las luces se
apagan. Ella corre hacia la salida, pero una voz
la detiene. Es el jefe de seguridad, quien la
reconoce. "No puedes llevar eso", dice. Ella
saca una pistola de su bolsillo. No dispara.
Solo apunta.
La caja es entregada a un grupo de activistas en
una plaza. Mientras la gente la mira, ella se
aleja. Un coche pasa cerca. El conductor la ve,
luego acelera. Ella corre hacia un callejón,
donde un hombre la espera. Él le da un teléfono.
"Llama a tu madre", dice. Ella lo hace.
La línea
está ocupada.
Dos días después, la caja es abierta en un
apartamento de Santiago. Las fotos son
distribuidas a través de redes clandestinas. Los
nombres comienzan a aparecer en la prensa. La
política idealista es arrestada. En la cárcel,
un funcionario le entrega un archivo: "Tu padre
fue detenido aquí en 1973. No murió. Estaba en
otro lugar".
Ella no habla. Solo mira la foto. La imagen de
un hombre joven, sonriendo en una protesta. La
memoria reprimida se rompe. El mundo cambia. La
caja no vuelve a ser vista. Pero sus efectos
permanecen.


