La red de comunicación municipal de Santiago se

colapsa sin aviso. Las pantallas de los centros

comerciales muestran imágenes de rostros

conocidos: líderes de la Unidad Popular,

oficiales del régimen, activistas desaparecidos.

Nadie sabe si son hologramas o espectros.

El sistema vuelve a funcionar al amanecer, pero

ahora cada ciudadano recibe un mensaje en su

teléfono: "Tu pasado no es tuyo". El mensaje

incluye una dirección y un número de

identificación. La mayoría ignora, pero un

adolescente de 17 años, con antecedentes de

hackeo en redes escolares, sigue el enlace.

En una vieja biblioteca de La Cisterna,

encuentra un servidor antiguo conectado a un

generador de energía clandestino. Los datos

guardados son registros de votaciones, listas de

detenidos, archivos de desapariciones. Pero hay

algo más: una base de datos de personas

"resucitadas" con nombres de figuras

históricas.

El sistema está vinculado a un chip de memoria

implantado en el cuello de todos los ciudadanos

mayores de 30. El chip no solo almacena datos

personales, sino también información sobre sus

actos durante la dictadura. Quienes lo tienen

pueden ser "revisados" por una entidad

desconocida que opera desde una red subterránea.

El adolescente descubre que el chip puede ser

manipulado. Al borrar un registro, la persona

asociada desaparece del sistema. Pero también

pierde su identidad legal, su trabajo, su

familia. Dos días después, un hombre de 50 años

es hallado en el río, con el cuerpo marcado por

cicatrices de tortura. Su chip había sido

borrado.

El adolescente decide infiltrarse en el núcleo

del sistema. En una bodega abandonada en Ñuñoa,

encuentra un terminal físico donde se procesan

las "resurrecciones". Allí, un anciano con el

rostro cubierto de cicatrices le entrega un

archivo: "Esto es lo que realmente pasó". El

archivo contiene pruebas de una operación

secreta que resucitó a miembros del gobierno

para "corregir" errores históricos.

El sistema tiene una regla implícita: nadie

puede salir con más de dos registros borrados.

Si lo hace, el chip se activa y el cuerpo se

convierte en un cadáver con el rostro de quien

fue. El adolescente borra tres registros antes

de ser detectado. Su cuerpo aparece en un parque

de San Miguel, con el rostro de un oficial de la

DINA.

La ciudad entra en alerta. Los chips comienzan a

fallar, y los "resucitados" empiezan a

desaparecer. Nadie sabe si el sistema se ha

destruido o si simplemente se ha vuelto inactivo.

El adolescente, ahora sin identidad, vive en las

sombras de Santiago, esperando que alguien

encuentre el código que lo devuelva a la vida.