La ciudad se despierta con un silencio roto por
el eco de pasos. La bruja urbana camina entre
los muros de Santiago, donde el aire huele a
polvo y recuerdos. El gobierno ha prohibido la
magia, pero ella sigue practicando en la
oscuridad de su apartamento en La Florida. Las
reglas son claras: no se puede invocar sin
permiso, no se puede hablar de lo que no debe
ser recordado.
Un hombre aparece en la puerta. Lleva una carta
de la Dirección de Investigaciones de Seguridad,
firmada por un oficial de la dictadura. Dice que
su hermana, desaparecida en 1973, fue vista en
un ritual en el Cerro San Cristóbal. La bruja
reconoce el rito: es un sacrificio para borrar
una memoria, un acto de control sobre el pasado.
Ella niega saber algo, pero el hombre insiste:
"La memoria no se borra, solo se entierra".
Ella acepta ayudar, aunque sabe que está jugando
con fuego. Sigue al hombre hasta un cementerio
abandonado, donde encuentra a un grupo de
personas reunidas alrededor de un cuerpo. El
ritual está en marcha: una mujer joven es
ofrecida para que el estado olvide su existencia.
La bruja interviene, rompe el círculo con un
hechizo de resistencia, pero el efecto es
inmediato: el cuerpo se desintegra, y el grupo
se disuelve en sombras.
Regresa a casa, pero ya no es bienvenida. Su
vecino, un antiguo militar, la acusa de traición.
Un aviso aparece en su puerta: "No hay lugar
para brujas en la transición". Ella decide
escapar, pero antes deja una pista: un objeto en
el río Mapocho, donde la magia aún fluye bajo el
asfalto.
El día siguiente, el río se congela. La gente
murmura que es un milagro, pero nadie se atreve
a decirlo en voz alta. La bruja desaparece, y
con ella, el último testimonio de una memoria
que no podía ser olvidada.


