La niña vive en un barrio de Santiago donde las

calles están cubiertas de grafitis y los

edificios tienen grietas que se llenan de

humedad. Su padre, un antiguo ingeniero de redes,

desapareció durante la dictadura y su madre lo

reemplazó con un hombre que nunca le contó la

verdad. La chica aprende a hackear desde los 12

años, usando un viejo ordenador que le regaló un

tío de la zona sur.

Un día, mientras revisa archivos antiguos en la

biblioteca municipal, encuentra un código

cifrado que parece ser un registro de

transacciones financieras ilegales. El código

contiene nombres de personas que reconocen:

vecinos, profesores, incluso su propia abuela.

La información está vinculada a un sistema de

control de acceso que se usaba en los años 80

para vigilar a los disidentes.

El gobierno de la Transición había implementado

una red de vigilancia digital que no existía

antes, usando tecnología de espionaje comprada

al extranjero. Esta red cambió la forma en que

los ciudadanos eran observados, permitiendo que

los poderes ocultos mantuvieran el control sin

necesidad de violencia directa. La chica empieza

a seguir pistas, usando sus habilidades para

acceder a bases de datos que no deberían estar

disponibles.

Un grupo de hombres entra en su casa durante la

noche. Llevan máscaras y hablan en un idioma que

no reconoce. Uno de ellos le entrega un sobre

con una imagen de su padre y una dirección en el

norte del país. Ella no sabe si es una amenaza o

una oportunidad. Decidido a actuar, roba un auto

y viaja a una ciudad donde el aire huele a

salitre y los muros están cubiertos de murales

de resistencia.

Allí, descubre que su padre era parte de un

grupo que intentó sabotear el sistema de

vigilancia. El atraco que planea no es contra un

banco, sino contra una oficina gubernamental que

guarda registros de operaciones ilegales. La

chica convence a un grupo de jóvenes del mismo

barrio para ayudarla. Usan herramientas caseras

y conocimientos de programación para infiltrarse

en el edificio.

Durante la operación, el sistema de seguridad

falla por un error técnico, lo que permite que

el grupo entre. Encuentran archivos que

demuestran que su madre estuvo involucrada en la

transferencia de dinero a través de cuentas

secretas. La venganza familiar se convierte en

una elección: revelar la verdad y destruir a su

madre, o guardar el secreto y seguir viviendo

con la mentira.

En el final, la chica decide entregar los

archivos a un periodista independiente. La

noticia sale en el diario nacional, causando un

escándalo público. Su madre es arrestada, pero

no por el atraco, sino por obstrucción a la

justicia. La chica no busca venganza, sino

justicia. La Transición termina no con una

explosión, sino con una revelación.

El mundo sigue funcionando, pero ahora hay un

nuevo mecanismo: la memoria colectiva, que no

puede ser borrada por un sistema de control.