El suelo de la casa de adobe se hunde bajo sus

pies. No hay luz, solo un olor a hierbas secas y

sangre vieja. La mujer abre los ojos y siente el

peso de un cuerpo que no reconoce. No recuerda

cómo llegó allí, ni quién es. Solo sabe que el

viento lleva el susurro de voces que no deberían

existir.

Un hombre con una venda en la cara le entrega un

frasco de líquido verde. Dice que es para

limpiar la mente. Ella lo bebe sin preguntar. Al

instante, ve imágenes: un río que fluye hacia

atrás, un niño llorando en un cuarto oscuro, un

cuchillo que entra en el pecho de alguien que

podría ser ella.

El hombre le dice que está en Valparaíso, pero

no es la ciudad que conoció. Las calles son más

estrechas, los edificios más altos, y el aire

huele a metal y a electricidad. Nadie habla de

la dictadura, pero todos saben que algo cambió.

El tiempo no avanza como antes.

La mujer comienza a recordar fragmentos. Era

curandera, pero no de la tierra. De los

espíritus. De los que no deben ser llamados. Un

día, mientras trabajaba en un ritual, un grupo

de hombres entró a la casa. Les dijo que no era

bienvenida. No entendieron. Lo que sucedió

después no puede explicarse.

Ahora, el mundo es diferente. Los muertos

caminan. Los vivos no pueden dormir. Y ella es

la única que recuerda lo que pasó. Pero cada vez

que intenta hablar, las palabras se quiebran,

como si fueran de cristal.

Un joven aparece en su puerta. Dice que la

conoce, pero ella no lo recuerda. Le ofrece un

mapa con dibujos de árboles y ríos que no

existen. Le dice que debe ir al Cerro San

Cristóbal. Allí, bajo la tierra, hay un lugar

donde el tiempo se detiene. Allí, podrá recordar

todo.

Ella acepta. Camina por calles que no son las

mismas. En cada esquina, alguien la mira con

miedo. Algunos le piden ayuda, otros le piden

que se vaya. Llega al cerro y encuentra una

cueva cubierta de musgo. Dentro, una figura

sentada en el suelo, con los ojos cerrados.

Cuando abre los ojos, ella ya no es la misma.

Recuerda. Recuerda que fue ella quien mató al

hombre con la venda. Recuerda que él era su

hermano. Recuerda que el ritual no fue para

curar, sino para encerrar algo. Y ahora, ese

algo ha vuelto.

El mundo sigue cambiando. La curandera se

levanta y camina hacia la salida. El viento trae

el susurro de voces que no deberían existir.

Esta vez, ella no los escucha. Está lista.