El hombre que antes era Hombres ahora camina con
una cicatriz de bala en la mejilla y un nombre
olvidado. La dictadura lo marcó, pero fue la
traición de sus socios lo que lo empujó a la
cárcel. Al salir, descubre que su esposa está
enferma y su hijo ha desaparecido.
En las calles de Santiago, donde los barrios se
convierten en bosques de cemento, un anciano le
ofrece un contrato: un acuerdo con un ser que
habita entre los escombros de un convento
abandonado. El trato exige un precio: entregarle
la memoria de un crimen no resuelto.
La mujer que busca es la misma que lo vio matar
a su hermano durante una operación fallida. Ella
ahora vive en un convento, custodiada por monjas
que hablan en susurros. El hombre acepta, pero
al firmar, el mundo se desplaza. Las paredes de
la habitación se vuelven transparentes, y el
tiempo se rompe en fragmentos.
El contrato obliga a recordar. El hombre ve a su
hijo en una calle del centro, vestido con ropa
de la época de la dictadura. Lo sigue, pero cada
paso lo lleva a un lugar distinto: un campo de
detención, un funeral, un edificio en llamas. La
realidad se vuelve onírica, como si el país
entero estuviera soñando.
Al final, el hombre enfrenta al ser. Es una
figura hecha de sombras y recuerdos, con ojos
que brillan como los de los muertos. Le pide una
confesión, no un acto. El hombre habla, y al
hacerlo, el niño desaparece. La enfermedad de su
esposa se cura, pero él ya no es el mismo.
El contrato termina, pero el precio no. El
hombre camina por las calles de Santiago, ahora
consciente de que el pasado no se puede borrar,
solo llevarlo en el cuerpo. La ciudad sigue
siendo un lugar de fantasmas, pero él ya no teme
a los sueños.


