En 2018, Santiago se divide en dos: el Sur,

donde las calles brillan con luces de

transparencia digital, y el Norte, donde los

vecindarios están marcados por barreras de

hierro y registros genéticos. El sistema de

Clasificación Genética del Estado —impuesto tras

el colapso económico de 2008— ahora define quién

puede trabajar, estudiar, casarse, incluso

respirar aire limpio.

Eduardo Mora, profesor de antropología en la

Universidad Católica, es un caso raro: no tiene

registro en el Sistema de Ascenso Social. Su

ficha está vacía. Nadie sabe cuándo nació, de

dónde viene. Los archivos lo borraron. Pero él

enseña, investiga, observa. Y ve cosas que no

deberían existir: niños que crecen sin memoria,

ancianos que hablan idiomas muertos, y una

extraña ausencia de dolor en quienes han sido

torturados.

Una noche, al revisar documentos prohibidos en

el archivo subterráneo de la Biblioteca Nacional,

encuentra un mapa genético que coincide con los

datos de un grupo de personas desaparecidas

entre 1973 y 1985. Cada uno perteneció a una

comuna alta, luego fue eliminado del sistema. Lo

más inquietante: todos comparten una secuencia

única en el cromosoma 14, una marca que no

aparece en ningún otro ser vivo registrado.

El sistema no permite acceso directo a esos

datos. Solo los “Hombres” pueden verlos. Un

grupo de funcionarios encubiertos que operan

desde el Ministerio de Salud Pública, cuyo

trabajo es mantener el orden genético. Se dice

que si un ciudadano descubre su verdadero origen,

su ADN se altera en segundos.

Mora intenta copiar los datos. En el momento en

que presiona el botón, la luz del computador

parpadea. El aire se vuelve pesado. Siente que

algo se rompe dentro de él. Al día siguiente,

sus dedos sangran sin causa. Sus pupilas

reflejan imágenes de campos de detención bajo

lluvia, de voces cantando himnos que nunca

aprendió.

La ley del país ha cambiado: nadie puede tener

un pasado sin supervisión. El estado no perdona

errores genéticos. Y cuando un ciudadano se da

cuenta de que no debería existir, su cuerpo

comienza a deshacerse.

El sistema lo detecta. Llegan hombres sin rostro,

con trajes blancos y gafas oscuras. No hablan.

Solo tocan. Mora siente que su piel se separa

del hueso como papel quemado.

Al final, solo queda una carta escrita en papel

amarillo, dejada en la puerta de su casa. Dice:

“No te asustes. Estás vivo porque tenías que

estarlo.”

Y en el barrio de Las Condes, un niño de ojos

oscuros mira hacia el cielo y empieza a hablar

en un dialecto mapuche antiguo. Nada en su

historial lo menciona. Pero su ADN lleva la

misma secuencia del cromosoma 14.