La Universidad de Chile se derrumba bajo una
lluvia de escombros. La estudiante becada, Sofía,
corre por los pasillos vacíos mientras el
edificio se hunde. En la biblioteca, encuentra
un mapa antiguo con coordenadas que no existen
en ningún globo terráqueo. El piso se rompe bajo
sus pies y cae en un pozo de luz blanca.
Cuando recobra la conciencia, está en 1973. El
aire huele a humo y tensión política. Un grupo
de estudiantes la rodea, preguntándole quién es.
Sofía no puede explicar lo que pasó. Sigue el
mapa y llega a una catedral donde un sacerdote
le entrega un talismán de madera. "El tiempo no
es lineal", dice, antes de desaparecer.
Regresa al presente, pero el mundo ya no es el
mismo. Las calles están llenas de soldados, el
gobierno ha caído, y el país se divide en zonas
controladas por facciones armadas. El talismán
emana energía, y cada vez que lo toca, ve
imágenes de distintos momentos históricos. Un
oficial le ofrece un trato: usar el talismán
para alterar el pasado, pero solo a cambio de un
precio.
Sofía rechaza. En lugar de eso, busca a un viejo
ingeniero que vivió la dictadura. Él le explica
que el talismán no es un objeto sagrado, sino un
dispositivo de transmisión de datos de una
civilización perdida. La guerra no fue causada
por un solo evento, sino por una ruptura en la
continuidad temporal. El viaje en el tiempo no
es un viaje, sino un recordatorio.
En una noche oscura, Sofía entra en el pozo otra
vez. Esta vez, no hay luz blanca, solo una
puerta de cristal. Al atravesarla, vuelve a 1973,
pero ahora con el conocimiento de lo que vendrá.
Entrega el talismán a un grupo de activistas y
se queda atrás. El mundo cambia, pero ella no
puede regresar. El tiempo se cierra.
El presente se reconfigura. La Universidad sigue
en pie, pero el país vive bajo un nuevo orden.
Nadie sabe cómo llegó allí, pero las
instituciones han aprendido a preservar la
memoria. Sofía, ahora una figura anónima, camina
por las calles de Santiago, sabiendo que su
sacrificio fue el único que podría evitar la
repetición del caos.


