El país se derrumbó bajo una sequía que duró
siete años. Las ciudades se convirtieron en
ruinas silenciosas, y el gobierno se esfumó. Lo
único que quedó fue una red de refugios
clandestinos, controlados por un grupo de
supervivientes que llamaban a sí mismos "La
Nueva Comunidad". En medio de esto, Isabel
trabajaba como sicaria, cobrando por eliminar a
los que consideraban enemigos del nuevo orden.
Un día, le entregaron una misión: asesinar a un
hombre que había escapado del régimen anterior,
un exoficial de la dictadura. Pero al llegar al
lugar, descubrió que el hombre no era un
objetivo, sino un líder de una facción que
buscaba restaurar la memoria histórica. El
hombre le reveló que la "nueva
comunidad" no era
una utopía, sino una distopía hecha con los
restos del pasado. Le mostró documentos que
probaban que el grupo había construido su poder
sobre la traición y el olvido.
Isabel se detuvo. No mató al hombre. Esa noche,
lo escondió en un refugio subterráneo. La
comunidad lo descubrió al día siguiente. La
acusaron de traición. Le dijeron que no podía
seguir viviendo entre ellos. La expulsaron.
Esa misma noche, el refugio fue bombardeado. El
hombre murió. Isabel lo encontró entre los
escombros. No lloró. Solo tomó su identificación
y se fue.
Al mes, descubrió que la comunidad había
establecido una nueva ley: todos los que habían
sido testigos de la verdad tenían que ser
eliminados. Los que sabían, no podían vivir.
Isabel decidió ir al norte, a las montañas. Allí,
en un pueblo abandonado, encontró a otros que
también habían escapado. Juntos, comenzaron a
escribir lo que habían visto, a recordar lo que
no querían que se olvidara.
Años más tarde, un niño preguntó si el mundo
podría volver a ser mejor. Isabel lo miró y dijo:
"Sí, pero primero hay que dejar de fingir que ya
lo es".
No hubo guerra. No hubo revolución. Solo una
quietud lenta, como si el tiempo se hubiera
detenido. Pero en los pueblos, las historias
comenzaron a circular. Y con ellas, la esperanza.


