La ciudad de Santiago se despierta bajo un cielo

de colores imposibles. Los habitantes no

recuerdan cómo llegó allí, ni cuánto tiempo ha

pasado. Solo saben que cada noche, a las 3:17,

el tiempo se detiene y los muertos vuelven a

caminar.

El exconvicto Raúl, con un tatuaje de una

serpiente en la espalda, es arrestado por violar

el régimen de "memoria ordenada". La

policía lo

lleva a un tribunal de sombras, donde los

juzgadores son figuras sin rostro que hablan en

ecos de voces olvidadas.

Raúl no tiene abogado. Solo tiene un reloj de

bolsillo antiguo, regalo de su madre antes de

desaparecer durante la dictadura. El reloj marca

el tiempo real, pero nadie más puede verlo.

Mientras los jueces le preguntan sobre sus actos,

Raúl descubre que su condena no es por delitos

pasados, sino por un futuro que aún no ha

ocurrido.

En medio del juicio, un hombre de traje negro

entra y dice: "No puedes escapar del tiempo que

no escribiste". Un viento frío atraviesa la sala,

y el reloj de Raúl comienza a girar en sentido

contrario. Las paredes se derriten, revelando un

paisaje de ruinas y edificios que nunca

existieron.

Raúl corre hacia la salida, pero el portal se

cierra. La multitud de espectros que lo rodea

empieza a gritar en un idioma que no reconoce.

Algunos lo llaman "el guardián", otros

"el

olvido". En un instante, el tribunal se

convierte en una plaza pública, y Raúl se ve

obligado a elegir entre dos caminos: uno lleva a

la libertad, otro al olvido eterno.

Elige el camino del olvido. El reloj se rompe.

Su cuerpo se desvanece. La ciudad sigue con su

ciclo: cielo raro, tiempo detenido, muertos

caminando. Nadie recuerda quién fue Raúl, pero

en una esquina, un niño encuentra un reloj de

bolsillo oxidado.