La fachada del edificio en El Bosque se derrumba

sin aviso: el 3 de junio, una lluvia torrencial

abre un hueco en el subsuelo y expone una trampa

de madera vieja, rellena de huesos humanos. No

hay anuncios, ni llamados al servicio de

emergencias, solo el sonido de pasos que

retroceden por los pasillos.

En ese mismo día, en el taller de un mecánico de

La Cisterna, una bolsa de tela negra cae del

techo. Dentro, un colgante de plata con el

rostro de una anciana mapuche. El dueño lo

arroja al fuego. A la noche siguiente, sus manos

empiezan a sangrar sin corte.

En el sector Alto Las Palmas, una niña de diez

años dibuja en su cuaderno el mismo rostro que

aparece en las fotos del diario clandestino que

le entregó su tía semanas antes. Al levantar la

vista, ve a través de la ventana una figura con

capucha caminando entre los árboles del cerro.

No entra. Solo mira. Y luego desaparece.

El hombre que fue narco arrepentido no habla

desde hace cinco años. Pero esa noche, mientras

cocina pasta en su cocina de Chacabuco, sus

dedos escriben sobre el mostrador con sal: “No

me creas si digo que no estoy aquí”. Su mujer lo

encuentra sentado frente al espejo, moviendo los

labios sin sonido. Él no dice nada. Sabe que ya

no puede hablar.

En el mercado de Recoleta, un vendedor de dulces

de chileno deja una bolsa de papel junto al

puesto vacío. Dentro, un collar con un símbolo

de agua y fuego. Nadie lo toca. Al amanecer, el

puesto está cubierto de hielo. Los vecinos dicen

que el sol no quiso entrar.

En el cementerio de San Cristóbal, una tumba

recién abierta tiene una flor de cardo silvestre

colocada encima. No era del año. No había

llovido. El jardinero pide ayuda. No responde

nadie.

Cuando llega la policía, encuentran el cuerpo de

la mujer en la casa abandonada del fondo del

barrio. No hay signos de violencia. Solo una

mancha de humedad en el piso, como si alguien

hubiera estado ahí sentado durante horas. Sus

ojos están abiertos. En el bolsillo del abrigo,

un fragmento de papel con el nombre de una calle

que nunca existió.

La ciudad sigue funcionando. Los buses van y

vienen. El metro ruge bajo tierra. Pero desde

entonces, cada vez que el viento sopla desde el

oriente, alguien escucha el susurro de una voz

que no debería estar allí.

Y nadie más lo oye.