El niño corre entre los barrios marginales de
Santiago, donde los edificios se desmoronan y
los vecinos murmuran sobre lo que pasó en los
años anteriores. La tierra ha cambiado: los ríos
ahora fluyen hacia el norte, y los mapuches
hablan con los espíritus de los árboles como si
fueran amigos. Nadie sabe cómo ni cuándo sucedió,
pero la realidad es diferente.
Un día, encuentra un objeto en el basurero: una
caja de madera tallada con símbolos de la
antigua religión. Al tocarla, siente un calor
que le atraviesa el cuerpo. Esa noche, un grupo
de mujeres lo recluta. No son de este tiempo,
dicen. Son de otro, donde aún existían los
derechos, antes de que el país se dividiera en
dos partes: una donde el miedo era moneda de
cambio, y otra donde la memoria era prohibida.
La tregua que ofrecen no es temporal. Es un
pacto: él los guiará a través de las ruinas del
pasado, y ellos le darán un lugar donde vivir.
Pero hay reglas. La primera: no hablar de lo que
vieron. La segunda: no dejar que nadie descubra
quiénes son. Si falla, será eliminado, como
todos los demás.
Durante semanas, recorren los restos de una
ciudad que ya no existe. En una iglesia
abandonada, encuentran un libro antiguo que
describe una guerra interna, no de armas, sino
de ideas. Las mujeres le cuentan historias que
nunca fueron escritas, de familias separadas, de
amor prohibido entre clases, de una revolución
que no terminó. Él escucha, pero no pregunta.
Solo sigue.
Una noche, un hombre llega con un mapa. Dice que
hay un lugar donde todavía se puede ser libre.
Las mujeres lo miran con desconfianza. El niño
siente que algo cambia en el aire. No es el
miedo, sino una esperanza que no había conocido
antes.
Al amanecer, el niño decide seguir al hombre.
Las mujeres no lo detienen. Solo le entregan una
flor de coca, como si fuera un adiós. Él camina
hacia el este, donde los Andes se levantan como
si fueran un muro. El sol sale detrás de él, y
por primera vez, no siente frío.


