La Universidad de Chile se vuelve un laberinto

de sombras cuando una profesora de historia

desaparece tras investigar archivos clasificados

del régimen militar. Su nombre, inscrito en un

libro antiguo, resurge en un ritual realizado

por un grupo de estudiantes que buscan justicia

a su manera.

El contrato se formaliza en un salón subterráneo

bajo el edificio, donde los participantes deben

ofrecer un recuerdo de su pasado: un amor

prohibido, un crimen silenciado, una traición

olvidada. La profesora entrega la memoria de su

madre, quien fue torturada durante la represión.

El ente que acepta el trato no es humano; emana

un olor a tierra mojada y hierro oxidado.

La profesora regresa, pero sus ojos reflejan

imágenes que no pertenecen a este mundo: un

hombre colgado de un árbol en la cárcel de Cerro

Mohino, una mujer arrodillada frente a un

oficial con una cruz en el pecho, un niño

desaparecido en un transporte de detenidos. Los

estudiantes comienzan a ver lo mismo, pero nadie

puede explicar cómo la profesora tiene acceso a

esos recuerdos.

Un día, el ente exige el cumplimiento del

contrato: el precio no es solo un recuerdo, sino

una vida. La profesora se enfrenta a una

elección: salvar a un estudiante o perder la

única prueba que podría revelar la verdad.

Eligen a uno al azar, pero el ente no acepta el

sorteo. En lugar de eso, el estudiante

desaparece en plena calle, y su cuerpo es

encontrado horas después en un río, con un

símbolo tatuado en el cuello.

La profesora intenta romper el contrato, pero el

ente ya ha tomado posesión de ella. Sus manos

sangran sin herida, sus palabras se convierten

en preguntas que nadie puede responder. Los

estudiantes, ahora convertidos en testigos,

deciden actuar. En una noche de luna llena,

invocan a un espíritu mapuche para romper el

vínculo. El ritual falla, pero el ente se

muestra: no es un diablo, sino una figura hecha

de polvo y memoria, con rostro de múltiples

mujeres.

La profesora, al final, se entrega. No como

parte del contrato, sino como una ofrenda. El

ente se desintegra, pero deja un mensaje: "La

justicia vigilante no se hace con sangre, sino

con recordar". El cuerpo de la profesora es

encontrado en el río, junto al estudiante

desaparecido. Las autoridades niegan cualquier

conexión, pero los estudiantes guardan un

fragmento de papel con el nombre de la profesora

y una fecha: 1973.

El mundo sigue, pero algo cambió. Los recuerdos

no se borran, solo se esperan.