La fábrica cerrada de Valparaíso se convierte en

un santuario para los olvidados. Un hombre que

salió de la cárcel por cumplir su condena

encuentra una carta de su madre, muerta en 1973,

que lo llama a un lugar prohibido: el antiguo

taller de artesanos donde trabajaba antes del

golpe. La carta menciona un objeto que puede

cambiar su vida, pero también atrae a quienes

quieren usarlo para sus propios fines.

El hombre, ahora conocido como El Ciego, recibe

una amenaza: si entra al lugar, será asesinado.

Pero el objeto es real. Lo encuentra en una caja

de madera, envuelto en tela roja, con un mensaje

escrito en un dialecto mapuche. Al tocarlo, ve

visiones de su infancia, de su madre, de una

rebelión que nunca tuvo lugar. La magia no es un

juego. Es una herramienta de poder.

Una mujer aparece en la calle, con un nombre que

no debe existir: María. Ella lo reconoce, pero

no dice cómo. Le ofrece un pacto: le dará

información sobre su pasado si él la protege de

un grupo que busca el objeto. El Ciego acepta,

pero pronto descubre que María es una figura

histórica, un espíritu que se ha reincarnado

varias veces, siempre intentando corregir un

error del pasado.

El grupo que persigue al Ciego está compuesto

por oficiales de la dictadura, ahora en el poder,

que buscan controlar la magia como arma. Ellos

tienen un acuerdo: el objeto pertenece a la

memoria nacional, y nadie puede poseerlo. El

Ciego, sin embargo, ya lo tiene. La regla es

clara: si alguien toca el objeto, debe pagar un

precio. El Ciego paga con su libertad. Su cuerpo

es encontrado en un río, con las manos atadas y

un mensaje tachado en la pared: "No hay ascenso

social sin sacrificio".

María desaparece. El objeto es destruido. Pero

en una habitación oculta bajo la fábrica, un

niño pequeño lo encuentra, lo toca, y empieza a

ver el mundo de otra forma. La magia no muere.

Solo espera a ser encontrada de nuevo.