El hombre se despierta en 1983, en una casa de

la zona sur de Santiago. El aire huele a pino y

a humedad. En la mesa, una foto de su esposa

muerta en 1990. No recuerda cómo llegó allí.

Solo sabe que no puede morir.

Una carta en su bolsillo dice: "No vuelvas a

matar". La letra es suya. Una regla nueva: si

mata, vuelve al principio. Pero el mundo ha

cambiado. La dictadura ya no existe. La economía

es más libre, pero el miedo sigue en las calles.

En la comuna, un viejo conocido le ofrece

trabajo. Un secuestro. El hombre rechaza. El

viejo lo amenaza con revelar su secreto: que no

puede morir. El hombre corre, pero el tiempo lo

empuja hacia atrás. Vuelve a 1983. La misma casa,

la misma foto. La misma carta.

La regla se repite: no matar. Pero el pasado lo

persigue. En 1985, un niño lo llama por nombre.

Es su hijo, nacido en 1990. El niño le dice que

el hombre murió en 1990. El hombre niega. El

niño lo abraza y desaparece. El hombre vuelve a

1983.

El tiempo se rompe. Cada vez que intenta evitar

el futuro, el pasado lo atrapa. En 1987,

encuentra una iglesia. Un sacerdote le dice que

es un "hombre que no puede morir". Le

muestra un

altar con un retrato de su esposa. El sacerdote

le dice que el amor es la única salida. El

hombre lo ignora.

En 1990, el hombre llega al lugar del crimen. El

cuerpo de su esposa está allí. El asesino es él

mismo, en otro tiempo. El hombre lo detiene. El

tiempo se detiene. La regla se rompe. El hombre

muere. El tiempo vuelve a 1983. La carta

desaparece. La foto de su esposa también. El

hombre vive como cualquier otro. Sin memoria.

Sin reglas. Sin poder.